Lagarto Blanco cinco
cinco
pena y de rabia, rabia por haberla perdido sin despedirme de ella, sin pasarle un vaso de agua en su lecho de enferma,
-“Putas, recontra putas, tanto tiempo perdido y ella necesitándome”.
“¿Y que fue de mis hermanos menores”?
-Hace tiempo que ellos partieron de su lado, el menor ni siquiera terminó la escuela básica y se marchó, los otros, también se fueron y el mayor dejó de mandarle dinero y de saber de ella hace mucho tiempo.
¿Tanto tiempo había pasado?
No quise sacar la cuenta, ni menos seguir preguntando, me marché de aquel lugar para nunca más volver a saber del tema.
Sobre mis hombros y escondida en mi alma, cargué mi gran pena, la que me acompaña hasta el día de hoy, especialmente lo de mi madre, lo otro, es parte del pasado y ya no es pena sino un amargo trago.
Los días se fueron pasando, arremetí al trabajo, quería pasar pronto hasta encontrar otro episodio, así, por las tardes me agarraba el recuerdo de calles polvorientas que dejé cuando niño, de mis hermanos, de lo que pudo ser y no fue.
Un lápiz y un cuaderno llegaron circunstancialmente a mis manos, así, como divagando en el recuerdo, fui mezclando mi vida con la de otros.
¡Escritor!,
¡No!, nada de eso, solo un simple narrador de experiencia sin más pretensiones que cobijar el recuerdo entre estas hojas y estas líneas.
Trato diferente y deferente.
Por las distintas faenas que he pasado recuerdo un episodio especial que tiene que ver con el trato justo y digno el que se hace merecedor el ser humano simplemente por ser una persona.
Un jefe, se dirige a todos los trabajadores, con voz firme pero amable y da las instrucciones necesarias al inicio de un turno, charla o inducción le llaman. Cada vez que se dirige a uno de nosotros lo hace con particular amabilidad y tono paternal, todos entienden el tema y cada día no es diferente, en el, se puede encontrar solución, puede escuchar y ayuda a que



